No todos los olvidos son Alzheimer: cómo reconocer las señales de alerta

Con motivo del Día Mundial del Alzheimer, hablamos con la médica neuróloga Luciana Rodríguez Rolfi sobre la importancia del diagnóstico temprano, si existe una predisposición genética y qué se sabe de los nuevos tratamientos.

Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, una fecha destinada a generar conciencia sobre una enfermedad que afecta no solo a quienes la padecen, sino también a sus familias y entornos de cuidado.

“La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo crónico y progresivo que destruye lentamente las neuronas y las conexiones sinápticas del cerebro, provocando un deterioro irreversible de la memoria, el razonamiento y la conducta. Es la causa más común de demencia” explica la médica neuróloga que presta servicios en Vinculat, Luciana Rodríguez Rolfi.

Las primeras señales y cómo se diagnostica

El Alzheimer suele comenzar con alteración de la memoria episódica, menor capacidad de aprendizaje y déficits del lenguaje. La enfermedad evoluciona desde una etapa preclínica al deterioro cognitivo leve (DCL) y posteriormente a la demencia.

Entre las señales clínicas frecuentes se encuentran olvidar información recién aprendida, fechas o acontecimientos importantes, repetir las mismas preguntas, depender cada vez más de notas, dispositivos o familiares para actividades que antes se realizaban de manera independiente, presentar dificultades para planificar o seguir una receta y tener problemas para realizar tareas habituales, como llegar a un lugar conocido u organizar una lista de compras.

-¿Cómo se llega actualmente a un diagnóstico temprano y preciso?

–La evaluación combina la historia clínica, el examen físico y neurológico, pruebas cognitivas, análisis de sangre y orina para descartar otras causas y una evaluación psiquiátrica, fundamental por las comorbilidades de salud mental, como los trastornos del comportamiento o la depresión.

Según cada caso, pueden incorporarse estudios de neuroimagen, como tomografía computada (TC), resonancia magnética (RM) o PET, y análisis del líquido cefalorraquídeo (LCR). Estas pruebas también pueden repetirse para observar cómo evolucionan las distintas funciones a lo largo del tiempo.

Uno de los avances más recientes son los biomarcadores en sangre. En 2025, la Alzheimer’s Association publicó su primera guía de práctica clínica sobre estos tests, destinada a especialistas y a personas con deterioro cognitivo objetivo.

Olvidos normales propios de la edad vs. señales de alarma

Rodríguez Rolfi ofrece una “regla práctica”: la pérdida de memoria que interfiere con la vida diaria no es una parte típica del envejecimiento. Además, resalta que, “con frecuencia, la familia nota el cambio antes que la propia persona, en parte porque la falta de conciencia de los déficits (anosognosia) es común en el Alzheimer. Ante uno o más signos, el paso siguiente es consultar, no autodiagnosticarse”.

-¿Por qué es importante llegar al diagnóstico a tiempo?

–Porque un diagnóstico temprano nos da algo muy valioso: tiempo. Muchas veces los cambios en la memoria o en la conducta no se deben al Alzheimer, sino a otras condiciones, y algunas tienen tratamiento. Por eso es fundamental una evaluación cuidadosa y sin demoras.

Cuando sí se trata de Alzheimer, saberlo en las primeras etapas permite planificar el futuro con calma y respetando lo que la persona desea, acceder a servicios de apoyo y evaluar tratamientos que pueden aliviar síntomas y ayudar a conservar la independencia por más tiempo.

También es un beneficio para la familia. Entender qué está pasando ayuda a acompañar mejor, con más paciencia y comprensión, y da margen para tomar con tranquilidad decisiones legales y financieras que, si se realizan a tiempo, alivian mucho el camino.

En definitiva, un diagnóstico temprano no cambia la enfermedad de un día para otro, pero sí cambia la forma en que la persona y su entorno la transitan.

-¿Existen terapias modificadoras?

-Lecanemab y donanemab son anticuerpos anti-amiloide para personas con DCL o demencia leve por Alzheimer y amiloide confirmado. Enlentecen de forma modesta el deterioro, no curan ni restauran lo perdido (no están comercialmente disponibles ni aprobados de forma masiva por ANMAT en Argentina).

La Agencia Europea de Medicamentos aprobó ambos, pero el significado clínico del efecto sigue en debate y el principal riesgo son las anomalías de imagen relacionadas con amiloide (ARIA).

 

 

-¿Qué tan frecuentes son los casos de Alzheimer de inicio temprano

Se habla de Alzheimer de inicio temprano (o joven) cuando los síntomas comienzan antes de los 65 años. Respecto a la frecuencia, las cifras varían según la fuente y los estudios de prevalencia son limitados: en Argentina se calcula que hay entre 300.000 y 500.000 personas que viven con Alzheimer o algún tipo de demencia, afectando mayoritariamente a mayores de 65 años. La variante de inicio temprano del 5% al 10% del total de los cuadros de demencia diagnosticados.

-¿Existe una predisposición genética?

–Sí, existe una predisposición genética, aunque en la gran mayoría de los casos la enfermedad no se hereda de manera directa.

Se distinguen genes de riesgo, que aumentan la probabilidad de desarrollar la enfermedad sin garantizar que ocurra, y genes deterministas, que la garantizan.

Tener un familiar directo con Alzheimer también aumenta el riesgo, aunque la mayoría de las personas que tienen un familiar afectado no desarrolla la enfermedad.

En estos casos, se recomienda controlar los factores de riesgo y realizar una consulta con un profesional especializado para la evaluación correspondiente.

Video: gentileza de medlineplus.gov

-¿Se puede prevenir el Alzheimer?

–No existe una forma de prevención garantizada, pero sí hay margen para reducir el riesgo.

La Comisión Lancet 2024 identificó factores de riesgo modificables relacionados con la demencia en general. Entre ellos se encuentran menor educación, pérdida de audición, hipertensión, inactividad física, diabetes, aislamiento social, consumo excesivo de alcohol, contaminación del aire, tabaquismo, obesidad, traumatismo craneoencefálico y depresión.

El aprendizaje continuo y los desafíos mentales también pueden desempeñar un papel importante. Según la evidencia disponible, probablemente ayudan, aunque los estudios son en su mayoría observacionales y estas actividades no eliminan el riesgo de desarrollar la enfermedad.

En este sentido aparece el concepto de reserva cognitiva: la capacidad de afrontar la presencia de patología cerebral sin experimentar un declive clínico equivalente. Esta reserva se construye a lo largo de la vida mediante factores como la educación, los trabajos complejos, el bilingüismo, la música y las actividades de ocio.

Por eso, aunque no existe una fórmula que garantice evitar el Alzheimer, cuidar la salud cardiovascular y metabólica, mantenerse físicamente activo, sostener los vínculos sociales y mantener una vida intelectualmente activa forman parte de las medidas que pueden contribuir a reducir el riesgo de demencia.

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